
En Argentina el consumo de cerdo creció 300% en dos décadas.
Durante mucho tiempo, la carne de cerdo fue víctima de un prejuicio que pasó de generación en generación. "Es muy grasosa", "hace mal", "es sólo para las fiestas".
Frases repetidas casi por costumbre que terminaron construyendo una imagen distorsionada de un alimento que hoy, gracias a la ciencia y a los cambios en los hábitos de consumo, demuestra que merecía una segunda oportunidad.
Los números hablan por sí solos. En apenas dos décadas, el consumo de carne porcina en Argentina creció cerca de un 300% y alcanzó los 20 kilos por habitante al año. No es un dato menor. Es la confirmación de que los argentinos empezaron a mirar con otros ojos una proteína que dejó de ser una alternativa ocasional para transformarse en una elección habitual.
El cambio, claro está, no ocurrió por casualidad. Influyeron los precios, cada vez más competitivos frente a la carne vacuna; una producción más eficiente; una mayor variedad de cortes disponibles y, sobre todo, consumidores mucho más informados que hace veinte años. Hoy la decisión de qué poner sobre la mesa ya no depende únicamente de la tradición. También pesan el bolsillo, la información nutricional y la búsqueda de una alimentación equilibrada.
En ese contexto cobra especial relevancia el estudio realizado por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Más allá del ranking de proteínas o del contenido graso de cada corte, el verdadero aporte del trabajo es otro: derribar mitos con evidencia científica. La cuadrada de cerdo, por ejemplo, no sólo resultó ser el corte con mayor contenido proteico entre los analizados, sino también uno de los más magros. Un dato que contradice una idea instalada durante décadas.
Sin embargo, el debate no debería convertirse en una competencia entre la carne vacuna y la porcina. Argentina construyó parte de su identidad alrededor del asado y nadie imagina que eso vaya a cambiar. La discusión pasa por otro lado: comprender que una alimentación saludable necesita variedad y que ninguna proteína debería ser condenada por prejuicios o exaltada por marketing.